Con
postura de estudiante: leer textos académicos
La
alfabetización no es una habilidad básica, que se logra de una vez y para
siempre. Persiste la idea de que para interpretar los textos escritos es una
competencia que se debe haber logrado cuando se ingresa a la educación
superior. Pero no es así porque la
diversidad de temas, clases de textos, propósitos, destinatarios, y los contextos en los que se lee y escribe
plantean siempre en el lector nuevos desafíos y exigen continuar aprendiendo a
leer y escribir.
Es frecuente observar que muchos
estudiantes no pueden planificar lo que desean comunicar, tanto frente a una
instancia escrita y se agudiza el
problema aún más en un examen oral.
Se visualiza que muchos no pueden puntualizar y corregir, repitiendo
oralmente lo que ya se le ha solicitado
que revea, en el discurso escrito.
Otras veces no pueden comprender la
pregunta en el examen oral. Las dificultades pueden palparse también cuando
notamos la ausencia o repetición de
conectores en el discurso oral, lo cual dificulta la comprensión de lo que se
quiere transmitir al oyente. Otra manera en que se manifiesta la imposibilidad
de comunicarse de forma oral es cuando evidencia confusión de términos
específicos de un área de conocimiento o
de titubeos al mencionar autores.
Los textos académicos son complejos en
varios sentidos. Por una parte, por su estructura y lenguaje específico; por
otra, porque suponen muchos cocimientos previos y porque dialogan con otros
textos y dan por sentado que el lector sabe con qué otros textos y autores está
de acuerdo o en disidencia el escrito. Es decir, los textos académicos son
complejos por el tipo de relaciones que establecen con otros textos propios de
la comunidad académica de la que forman parte.
El lector deberá poner información, es
decir, no todo está escrito expresamente en el texto, hay muchos supuestos y
quien lee debería poder rellenar esos huecos que se dejan abiertos.
El autor Goodman considera que es quien
lee el que le da sentido al texto y en consecuencia sus
conocimientos se transforman. No hay
significado en el texto hasta que el lector decide qué significa lo que
leyó. Este pensamiento acentúa el rol
activo que cumple el lector en el proceso de lectura. Por ese motivo, los
textos poseen una imagen del lector que esperan. El lector debería poder tomar
una postura crítica respecto de lo que lee.
Goodman (1996), citado por Egle Corrado y Eizaguirre,
afirma:
El escritor
crea un texto para transmitir un significado; pero el texto nunca es una
transmisión completa del significado que quiere expresar el autor y mucho queda
librado a la suposición del lector. La comunicación humana nunca es perfecta y
ello se debe a que lo que los lectores o los oyentes comprenden depende
igualmente tanto de lo que ellos mismos aportan a la transacción como de lo que
el autor aportó a su texto. El significado está en el lector y en el escritor, no en el texto.
(p.12)

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